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martes, 13 de junio de 2017

Esa misma sensación

Llevo casi dos meses fuera de casa. Entre idas y venidas habrá quien piense, yo misma a veces, que no encuentro mi sitio, que voy dando tumbos de un lado a otro.
Qué le voy a hacer, soy así. No me conformo.

En ocasiones envidio a la gente aparentemente feliz con su vida "normal". Y cuando digo "normal", me refiero a esas personas que estudiaron una carrera y se dedicaron a ello y nada más.

Yo no soy así. Me gustan muchas cosas como para dedicarme solo a una. En mi interior vivo y demandante de aprendizaje y nuevas experiencias no hay hueco para la inmovilidad. Creía que era "normal", pero no. Menos mal...


Con el tiempo me he dado cuenta de que vivir para los demás, por el qué dirán o esperando su aprobación o comprensión es una tontería, cansado e innecesario. Y lo más importante: no me hace feliz.

La vida es corta. Demasiado corta como para pasarla deseando cosas, haciendo planes, intentando ajustarnos y encajar en lo que la sociedad nos impone como "normal" y dejando pasar lo que nos hace felices, que al final es lo más importante en esta vida corta.

A mi, ahora, me hace feliz cocinar. Las sensaciones que me provocan estar en una cocina superan el cansancio, el calor, el dolor de pies, los pequeños cortes y hasta las quemaduras. Eso debe significar algo.

La sensación que me provoca subir la escalera mecánica de la parada de metro Catalunya, al principio de las Ramblas, también me hace vibrar, se me mueven cosas por dentro, llámalo como quieras, pero me hace feliz.



Y al final es eso, en esta vida corta, no es eso lo realmente importante?

No todo aquél que vaga está perdido, me dijeron hace unos días. Y desde entonces me lo repito mucho. No sé dónde acabaré, desconozco mi destino, el futuro es incierto. Pero mientras recorro el camino, procuro ser feliz cada día. Porque la vida, tan corta y tan bonita, con tantas cosas horribles, está para eso, para intentar buscar las cosas buenas y ser felices con ellas.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Soy un juguete del destino

Llevo tiempo queriendo compartir con vosotros la receta que os traigo hoy pero no ha habido manera.

Hay veces que las cosas se tuercen, por lo que sea. Los planes cambian, como si fuesen paradojas de su mismo ser y no fuesen capaz de ser planeados. ¿Hasta qué punto tenemos control sobre nuestras vidas?

Cada día me doy más cuenta de que más bien poco por no decir nada.

Ya lo decía mi buen amigo Shakespeare: "¡Soy un juguete del destino...!"


Y qué podemos hacer, nosotros, seres humanos cada vez menos humanos que seres, ante semejante vaivén que la vida nos quita y nos da.

Pues eso, vivir. Mientras tanto, vivamos.

A lo que voy es que, los que me conocen bien lo saben, cuando algo no me sale me enfado sobremanera.

No lo puedo evitar: me sale la niña pequeña que llevo dentro, me enfurruño y lo mando todo a la mierda, con perdón.

Pero la verdad verdadera es que, desde hace unos años, este aspecto está cambiando. Poco a poco; Roma no se hizo en un día.

Y este pequeño gran cambio en mi se debe a Mario. No conozco a nadie más cabezón en el buen sentido que él. Cuando se propone algo, cuando quiere hacer algo, no para hasta conseguirlo. Su tenacidad no deja de sorprenderme día tras día. Y, en estos casi cinco años que llevamos compartiendo todo, yo soy uno de esos asuntos que no deja de lado hasta que se sacan. Él es el responsable en gran parte de este blog. Han sido literalmente años los "deberías hacerte un blog" que han salido de su boca día si y día también.

Él me ayuda cuando estoy hasta arriba, corta, pica, rehoga, monta platos, estira fondant como nadie, se encarga de la logística y me busca huecos cuando la cocina se va de viaje y no queda un sólo rincón donde dejar un plato o ya no hay más tenedores limpios. Y sobre todo tira de mi cuando sabe que voy a tirar la toalla. Él no me deja flaquear. Él hace que siga insistiendo cuando ya estoy hasta las narices. Él hace que yo quiera ser mejor, como él.


Y para él va este post y esta deliciosa receta, una de sus favoritas, con la que me gusta pensar que, en parte, le conquisté.

Y por supuesto para vosotros, para que la disfrutéis también y os acordéis de mi cuando la preparéis para otra persona, para alguien a quien queráis sorprender, para alguien que os haga querer ser mejor...


Burritos Boira (2 pax)

- 400 g Carne Picada, la que queráis
- 300 ml Tomate Frito
- Pizca de Sal y Pimienta Negra
- 1 Cdta. Ajo en polvo
- 1/2 Cdta. Cebolla en Polvo
- 1/2 Cdta. Orégano
- 1 Cdta. Curry
- 1 Cebolla grande
- 3 Cdas. Azúcar
- Chirrín Aceite de Oliva
- Queso rallado, al gusto
- 4-6 Tortitas de trigo


- Lo primero es pelar la cebolla, picarla en juliana, osea, en tiras, y ponerla a pochar con una pizca de aceite y un poco de sal. Hay que hacerlo despacio, removiendo cada poco. Pasados 20 minutos, añadimos el azúcar y dejamos otros 10 minutos más.


- Después ponemos otra sartén con aceite, doramos la carne picada a fuego medio-alto junto con la sal y la pimienta.


- Cuando esté casi toda ya con otro color, añadimos el resto de las especias y finalmente el tomate frito.


- Bajamos el fuego y dejamos que la salsa espese, que reduzca hasta que esté casi seco.


Ya solo quedan montarlos y disfrutar:


Obviamente podéis meterles lo que queráis, pero a nosotros nos gustan así.


Son perfectos para tomar con amigos, cada uno rellenándolos a su gusto.


¡Y por supuesto con unos ricos chupitos de Tequila! ¡¡Fiesta Mexicana!!


¡Me despido ya! ¡Nos vemos pronto!


¡Besos con limón y sal!

Boira