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jueves, 5 de enero de 2017

El peor día de mi vida. Parte II

Como si de una película romanticona se tratase, cuando salimos de la estación un taxi estaba esperándonos con la luz verde encendida.

No quise pensar demasiado. Cuando me di cuenta llevábamos casi diez minutos de camino. A los nervios propios de la entrevista tuve que sumarles los de la mañana caótica y estresante con que había decidido deleitarme aquél día, el sudor frío que empapaba ligeramente mi camiseta bajo la chaqueta tras la infructuosa carrera y el magnético olor corporal que mi improvisado compañero de viaje emanaba. Feromonas que hacían del aire de aquél vehículo un espacio pegajoso, húmedo y caliente.

No me puedo creer que me haya hecho esto..., gruñó mientras resolvía una y otra vez un cubo de Rubik entre sus enormes manos.

Rió amargamente con la mochila rosa, de Dora la Exploradora, sobre sus rodillas.

Mi compañero de piso, de carrera y de tesis tiene un sentido del humor cojonudo. Eso y muy mal perder.

Le miré sin comprender, observando su rostro con vistazos fugaces, haciendo con ellos un puzzle en mi cabeza de aquél ser que podría haber salido perfectamente de una revista de moda o alguna serie de televisión para adolescentes.

Me llamo Alejandro.

Raquel.

El camino hasta el centro de Madrid fue un verdadero calvario. Además del consabido atasco propio de las ocho de la mañana, algo más debía haber ocurrido, un accidente quizás, porque de repente no dejaban de pasarnos atronadoras ambulancias de todo tipo, coches de policía, bomberos y guardia civil cuando nos aproximábamos al centro.


Está claro que no vamos a llegar a tiempo, murmuró dibujando con el dedo en el cristal empañado de la ventana.

Este es el peor día de mi vida...

A lo mejor te gano; cuéntame tu historia.

Con más pena que vergüenza, riéndome de mis propias torpezas, le fui contando todos los pormenores que me habían ocurrido a lo largo del día, mientras él también reía de vez en cuando y asentía con comprensión en otros momentos.

Si realmente es la oportunidad de tu vida, llegarás a tiempo y te harán la entrevista.

No voy a llegar a tiempo.

Lo que quiero decir es que puede que te cojan o no.

Vaya, gracias por tus ánimos..., reí.

Si no lo hacen no será la oportunidad de tu vida. La de verdad, la buena, vendrá más adelante, en otra ocasión. Otro día en que el despertador sonará y todo te saldrá redondo. 

Y le creí. Cómo no hacerlo con aquella sonrisa, con esos ojos brillantes y esa voz capaz de derretir los polos. Y una enorme paz me invadió, relajándome por momentos en el asiento del taxi, dejándome llevar por la suerte, el azar o lo que fuese que me hubiese llevado hasta aquél lugar, aquél extraño día, con aquél muchacho que me decía que los trenes pasan a diario, pero que no todos nos llevan a donde queremos.

El taxista bajó el volumen de su radio, nos miró a través del retrovisor y volvió a perder la mirada en el tráfico.

¿Ocurre algo?

Vamos a tener que cambiar de ruta; el centro está cortado y la M-30 está colapsada en sentido sur.

¿Qué es lo que pasa?, volví a preguntar.

¿Y en sentido norte?, preguntó mi compañero.

Sí, por ahí tenemos que ir, no queda otra.

No volvió a despegar los labios en el resto del trayecto.

Ahora me toca a mi, ya verás como mi día es aún peor que el tuyo. Me dirijo a la Complutense para hacer el último examen de mi carrera.

¿Qué estudias?

Física. Ya, ya lo sé, no me pega nada, pero me encanta. El caso es que Dario, mi compañero de piso y de carrera, es mi mejor amigo, o al menos eso pensaba yo. Entre los dos diseñamos un proyecto para el concurso nacional universitario del ciencias aplicadas y.. ganamos. Entonces empezaron los problemas.

¿Por qué?

Pues verás, lo cierto es que... para costearme la carrera, he trabajado puntualmente como modelo de publicidad. Apenas tres o cuatro campañas de moda han sido suficiente para no tener que depender de mis padres.., murmuró con cierta vergüenza.

Pero eso está muy bien, ¿cuál es el problema?

Cuando ganamos el concurso, no sé cómo, los medios de comunicación que cubrían el evento se enteraron de mis pinitos como modelo y quisieron sacarle punta al asunto, ya sabes: chico modelo y cerebrito, la típica noticia de sobremesa que gusta tanto.

Y tu amigo se molestó...

Él me dijo que no pero yo creo que sí. Al final acabaron haciendo reportajes absurdos sobre mí y apenas dijeron dos palabras sobre lo que habíamos conseguido, acerca del premio o sobre el propio Dario...

Entiendo..

Yo le dije que lo sentía, que no tenía obviamente intención de que ocurriese nada de esto... Pero se cabreó mucho y con razón. El resultado es este: me ha apagado el despertador, me ha escondido mi bolsa, donde llevo todas mis cosas que, no te rías, pero es algo así como mi talismán, no voy a ningún sitio sin ella, y me ha dejado esto en su lugar, gruñó mostrándome la mochila de niña pequeña que llevaba con resignación.

No te queda mal..., reí intentando quitarle hierro al asunto.

Él ha cogido el tren; seguro que ya ha llegado a la universidad y que va a clavar el examen, se lamentó.

¿No tienes recuperación?

Sí, claro, pero si no lo apruebo ahora perderé la beca que ganamos con el premio del concurso de ciencias: un año de investigación a gastos pagados en una universidad americana...

Joder...

Creo que tengo derecho a decir que este es el peor día de mi vida y que es peor que el tuyo...

No quise rebatirle. En realidad le hubiese dado la razón aunque me hubiese jurado que la tierra es plana.

Siguiendo tu propio consejo, si pierdes este tren, llegará otro para ti, el bueno, más adelante.

Disculpa, Raquel, pero te he dado un consejo de mierda... 

Reímos los dos, sin mucho más que hacer, impotentes en aquél taxi que se movía a cámara lenta, compartiendo mala suerte y lamentándonos del peor día de nuestras vidas.

Cerca de las diez de la mañana, casi una hora tarde, llegamos al edificio donde tenía lugar la entrevista. Hicimos un rápido cálculo y le di una parte del dinero de lo que marcaba el taxímetro mientras nos despedíamos.

Que tengas suerte.

Lo mismo te digo, falta nos hace a los dos. Aunque no dejo de pensar que, si este es el peor día de mi vida, en el fondo no está tan mal.

¿Ah, no? ¿Y eso?

Este viaje lo ha mejorado un poco, bastante, en realidad. A lo mejor no es el peor, después de todo...

Yo pienso igual; ha ido mejorando por momentos..., murmuró con una sonrisa que me hizo temblar las piernas. Con un poco de suerte, puede que hasta le perdone la vida a Dario...

¿En serio?

De no ser por él no habría perdido el tren. 

Rebuscó en la pequeña mochila hasta dar con un rotulador indeleble. Con él apuntó su número de teléfono en la cara blanca del cubo de Rubik. Lo colocó entre mis manos y las cerró en torno al juguete con las suyas.

¿Qué vas a hacer sin esto?, le pregunté.

Tengo más, sonrió con calidez justo antes de volver a meterse en el taxi.

Se marcharon entre el bullicioso tráfico y yo eché a correr con el corazón a mil por hora, con una gran sonrisa que no conseguí borrar de mi cara ni cuando Laura, la chica de recursos humanos, se sorprendió de verme a esas horas.

Creía que ya no ibas a venir, la verdad, murmuró con seriedad. ¿Y ese cubo de Rubik?

Te pido disculpas, he tenido una mañana horrible. Hasta hace dos minutos creía que este era el peor día de mi vida pero...

Sí, lo sé, Madrid está colapsada.¿Cómo has llegado? Creí que me dijiste que vendrías en tren..

Lo he perdido y he cogido un taxi.

¿Has perdido el tren?, preguntó alarmada.

Sí.

¿Qué tren?

El de Guadalajara, la línea C2. Lo he perdido delante de las narices, además, el conductor no ha querido abrirme las puertas, reí entonces, recordando mi suerte

¡Oh, Dios mío, Raquel!

No pasa nada. La verdad es que lo que ha ocurrido después ha sido...

¡Te has salvado de milagro, te das cuenta!, exclamó con cara de terror.

¿Cómo?

¡El atentado! ¿Es que no te has enterado?

Mi cara de perplejidad contrastaba con el terror que se reflejaba en su rostro.

¿De qué estás hablando?

Me cogió de la mano y me guió hasta una sala donde un puñado de empleados contemplaban la televisión, entre compungidos y aterrados. El especial informativo mostraba cómo habían quedado los vagones de algunos de los trenes, destrozados, calcinados, y cómo decenas de voluntarios y trabajadores de los servicios de emergencias evacuaban a heridos de todas clases, alejándoles de aquél horror del que por un guiño del destino me libré en el que creía había sido el peor día de mi vida.

Veinte minutos más tarde salí de allí sin haber hecho la entrevista, dadas las circunstancias, pero con cita para llevarla a cabo otro día. Estaba como flotando, las piernas caminaban despacio casi por inercia, sin saber a dónde iban. El aire fresco de aquella mañana gris me arañaba la piel de la cara, resecando mis labios y atrayendo lágrimas a mis ojos, que lloraban sin saber muy bien por qué lo hacían.

Me senté en un banco de madera, justo al lado de donde me había apeado del taxi. Durante unos minutos vi pasar a la gente, sin ver. Sentada allí me pregunté por primera vez lo que vino a mi cabeza miles de veces.

Me había salvado.

La vida me daba una segunda oportunidad.

Pero, ¿por qué?

Mi destino era entrar en ese tren. De haberlo hecho...

Entre mis manos apretaba con fuerza el cubo de Rubik que Alejandro me había dado. Su número reposaba con tinta negra en una de las caras y pensé en él, en si se habría enterado ya y en si se sentiría igual de afortunadoegoístaaliviadoconfusoymal que yo.

Como si aquél juguete tuviese poderes mágicos, un taxi frenó de golpe frente a mi. De su interior apareció el dueño del cubo y objeto de mis pensamientos. Alejandro, con la cara algo desencajada, me vio en seguida, corrió hacia mi, se arrodilló y me abrazó con todo su cuerpo.


La vida empezaba de nuevo.

viernes, 2 de diciembre de 2016

El peor día de mi vida.

Era jueves.

Aquella mañana tenía una entrevista para el trabajo de mis sueños, por fin, publicidad.

Y no fue fácil. Antes de aquella, tuve varias entrevistas grupales en las que, aun no se cómo, se fijaron en mi. Laura, la chica de recursos humanos de aquella gran empresa, me dijo que prácticamente estaba dentro, que aquella última entrevista que me quedaba era solo un trámite para justificar mi contratación.

Dos meses de prueba, después indefinida. Catorce pagas de 1450 euros brutos y un mes de vacaciones al año. ¿Dónde había que firmar?

El despertador no sonó.

Podría decir que sonó y lo apagué pero no fue así. Apenas pegué ojo aquella noche; estaba tan nerviosa que no conseguía conciliar el sueño a pesar de haberme acostado a las once. Cerca de la una me levanté de la cama y revisé mi bolso para asegurarme que lo llevaba todo. Después volví a mirar el conjunto que había preparado para la ocasión: falta negra ajustada hasta la rodilla, blusa blanca de gasa, un chaleco negro entallado y unos botines del mismo color.

Había hecho consenso con mis mejores amigas para que me aconsejasen a este respecto pues lo único que yo sabía de moda era su publicidad, que la tenía bien estudiada.

Y cerca de las dos de la mañana me entraron dudas. Rebusqué en mi armario hasta dar con unos vaqueros nuevos, de marca, desorbitadamente caros para mi sueldo de entonces. Luego apareció una camiseta del grupo Dorian que mi ex había dejado olvidada hacía ya tres meses. Y, escondida al fondo del todo, una americana roja que compré en el rastro hace años empezó a hacerme señas. Era tipo maestro de circo, con botones y filigranas doradas y en realidad nunca supe por qué me encapriché de ella pero aquella madrugada entendí que era su momento.

No podía pasar desapercibida. Tenía que demostrar quién era yo, cuál era mi auténtica personalidad y que les gustase o se acabase todo. No quería empezar otra relación más fingiendo lo que no era. Aquella debía durar muchos años y para eso había que hacer las cosas bien desde el principio.

Me desperté sobresaltada cuando pasaban unos minutos de las siete de la mañana.

No, no, no.... ¡No podía ser!

Había planeado levantarme a las seis, darme una ducha, desayunar, secarme el pelo y maquillarme sin prisa. Me vestiría y saldría de casa a las siete para coger el tren de las siete y veinte.

Tarde.

Me vestí tan rápido como pude, metí maquillaje a diestro y siniestro en el neceser de viaje que rondaba por el baño con la esperanza de poder maquillarme de camino. Entonces me miré al espejo y vi mi pelo.

¡PERO QUÉ COÑO LE HABÍA PASADO!

No me lo podía creer: anoche estaba normal... ¿Por qué, Dios mío, por qué aquella mañana había tenido que empezar así?

Me lo recogí todo en una coleta y traté de hacerme un moño rápido y desenfadado. Elegante pero informal.

Me calcé mis tacones rojos, a juego con la americana, y salí de casa pegando un portazo, con la esperanza de que el día se encarrilase de nuevo y que todo aquello no fuese más que una anécdota graciosa que contar cuando me hiciesen jefa de publicidad dentro de cinco años.

Corrí como en mi vida camino de la estación. Los zapatos me estaban matando, a pesar de ser mis favoritos y de llevar horas y horas de caminata en los tacones, pero, ¿de qué me sorprendía? ¿Me saldría algo bien aquél dichoso día?

Llegué al andén a tiempo de ver cómo se cerraban las puertas del tren. Pulsé el botón de apertura de puertas compulsivamente y miré hacia el primer vagón suplicante.

Las puertas no se abrieron.

Justo antes de que partiriera, con una mano aún pulsando el botón y la otra apollada en el cristal, una niña de unos diez años posó la suya frente a la mía al otro lado. Me sonrió mientras el que parecía su hermano pequeño hacia burla sacándome la lengua.

Me quedé sola en mitad del andén observando cómo mi puntualidad se marchaba sin mi.


Tuve ganas de llorar. Hasta ese momento reconozco que intenté controlarlas pues tenía la esperanza de coger el tren y liberar una rabieta solo me retrasaría. Pero ya daba igual, no iba a llegar a la entrevista a tiempo así que... ¿Qué importaba?

Me senté cojeando en uno de los bancos del andén, con los pies doloridos, tratando de recuperar poco a poco el ritmo normal de la respiración, intentando calmarme y mantener la cabeza fría. Aún podría llegar a tiempo si conseguía controlar el pánico y mis ganas de llorar y encontraba una solución.

Pero en mi cabeza sólo podía pensar que había desaprovechado mi gran oportunidad, que había malgastado mi único día de asuntos propios en la explotadora empresa multinacional que parecía ser dueño de mi tiempo, alma e ilusión para la que trabajaba entonces y que debía haberme puesto el conjunto que mis amigas me habían recomendado. Así, por ese orden.

Entonces apareció un chico corriendo igual que lo había hecho yo apenas un minuto antes. Miró a su alrededor, vio el andén vacío y se dobló para intentar retomar el aliento.

Cuando se incorporó, aún con la cara desencajada por el esfuerzo, miró el panel que se empeñaba en martirizarme en el que se anunciaba el siguiente tren veinte minutos después. Y luego me vio sentada en el banco y en vez de echarse a llorar, como predije que podría reaccionar, rompió a reír como un loco.

¿También has perdido el tren?

Asentí algo perpleja y, por qué no decirlo, intimidada. No esperaba que se pusiese a hablar conmigo. Entre eso y que, ya siendo del todo sincera, estaba muy, MUY bien, me corté y no pude articular palabra.

Voy a perder mi último examen...

Se lamentó.

Parecía de mi misma edad. Era alto, cerca del metro noventa, calculaba. Tenía el pelo castaño y los ojos color miel. Vestía unos chinos color caqui y una camisa vaquera. En sus grandes manos llevaba una chupa de cuero tipo aviador y una mochila rosa con pegatinas.

Pero sin duda lo que no me dejaba apartar la vista de él era su sonrisa. Aquella sonrisa era la causa del calentamiento global y no el efecto invernadero.

¿A dónde vas?

Tardé un momento en poder contestar.

A una entrevista de trabajo.

Ya, pero, ¿a dónde?

Cuatro Caminos.

Yo a Ciudad Universitaria, está cerca. ¿Quieres compartir un taxi?



CONTINUARÁ.

domingo, 29 de mayo de 2016

Cuando ves latir un corazón. Primera parte.

¡Buenas!

Últimos días antes de volver a la realidad, ¡madre mía, estos dos meses han pasado volando!
Y antes de dedicar un post a Nerja y a esta experiencia maravillosa, me paso por aquí un ratín para traeros un relato corto que escribí durante la carrera y que me publicaron hace ya unos años en la revista Metas de Enfermería.
Fue una experiencia real que me marcó y que quise quedara reflejada para siempre en este relato. A día de hoy seguramente lo escribiría de otra manera pero me da pena reescribirlo pues en su momento lo sentí asi.
Espero que os guste, próximamente la segunda parte...
¡Besos nerjeños!


CUANDO VES LATIR UN CORAZÓN Y CUANDO LO VES PARARSE

 
Yo estaba en la habitación trece. Lo recuerdo porque en esa habitación habían muerto los últimos tres pacientes que habían ingresado. Los familiares de los otros pacientes empezaban a hablar de malos farios y malas suertes e incluso se dignaban a mirar a los pacientes que ingresaban con pena, como si aquella habitación les estuviese condenando a muerte. El señor al que yo estaba atendiendo se estaba muriendo. A los noventa y cuatro años y con cáncer de colon era su momento. Estaba yo intentando desatracarle el suero porque, como decía su hermana, casi tan vieja como él: “señorita, que el goteo no cae”. Cuando llegó al control de enfermería y me lo dijo con cara de preocupación recuerdo que pensé: “otra vez. Lo raro sería que las venas le funcionasen bien con esa edad. Y, ¿qué se cree esa mujer, que ese goteo le va a salvar la vida?” Pero aun así acudí a la llamada.
Mi compañero llegó vestido de verde hasta las calzas, gorro y mascarilla. Tenía la respiración agitada y su nerviosismo le hacía temblar las manos.
  • ¡Corre, deja eso!- me ordenó, casi tirando de mi.
  • Pero, ¿qué haces, Carlos?
  • No hay tiempo para explicar, ¡déjalo todo y ven conmigo!
  • Carlos, no puedo irme, mi enfermera…
  • Yo se lo digo, tú deja eso y ven a la zona de quirófanos.
  • Pero…
  • Hazme caso, ¡no te arrepentirás!- aquella sonrisa me picó. Corrí hacia el control, dejé la batea que llevaba en las manos y eché a correr no sin antes anunciar casi a gritos a la auxiliar que me iba a quirófano.
Casi me desnudaba cuando entré en el vestuario de cirujanos. Me vestí con lo primero que encontré, me puse las calzas, el gorro y la mascarilla y salí al pasillo en el momento que llegaba Carlos. Me agarró de la mano y tiró de mi en dirección al quirófano tres.
  • ¿Qué es?- pregunté emocionada. Jamás había visto tal despliegue de médicos, enfermeras, auxiliares y demás profesionales de la medicina hasta aquél día- Pero, ¿qué…?
Dos cirujanos, una enfermera instrumentista y tres circulantes rodeaban un cuerpo tendido en la camilla. En la habitación contigua, casi una docena de personas también vestidas para operar aguardaban tomando café, leyendo el periódico o charlando.
  • ¿Alguien puede cerrar esa puerta?- preguntó el cirujano, volviéndose y encontrándome a mi. Reaccioné ante aquellos ojos duros, rebosantes de concentración, e hice lo que me pidió. El escándalo remitió un poco, el cirujano suspiró y volvió a sus quehaceres. Carlos apareció de la nada con un par de taburetes, colocó uno a un lado del paciente, cercano a su cabeza, me indicó que subiese y él hizo lo propio al otro lado del cuerpo. Reconozco que mis ojos absorbieron la imagen de un abdomen abierto por compelo: reconocí el tan estudiado páncreas, un rosado y reluciente hígado, montones de intestinos desparramados sin control, los picos de unos pulmones que se movían gracias al enorme respirador que estaba a mi lado.
  • El páncreas tiene un aspecto estupendo- aventuró el cirujano más joven.
  • Si, a simple vista- murmuraba mientras el bisturí eléctrico lo devoraba todo, dejando un penetrante olor dulzón a carne quemada-. Vamos a ver la cara posterior- siguió cortando muy poco a poco, tratando de no dañar nada.
  • ¿Eso es..?
  • En efecto. Un hematoma. Se ha roto este vaso, ¿lo ves?
  • ¿No se puede salvar?- preguntó esperanzado el joven.
  • No, todo esto es tejido necrosado- señaló con el bisturí-. Es una pena, pintaba muy bien.
  • ¿Qué le ha pasado?- me aventuré a preguntar. El mismo cirujano de antes me miró como si no hubiese reparado en mi presencia pese a estar a su lado.
  • Se ha caído de un andamio- por primera vez desde que me subí al taburete, miré del tórax hacia arriba. Se trataba de un joven moreno, con una prominente mandíbula y labios carnosos por los que se metía un tubo para que pudiese ventilar. Tenía la nariz hinchada, con una sonda nasogástrica, al igual que los ojos, morados, por los que se habían derramado algunas lágrimas de sangre. Su pelo negro brillante y su piel todavía olían a aftershave. Aquél chico de apenas veintinueve años se había afeitado esa misma mañana antes de salir de casa sin poder siquiera imaginarse que moriría horas después, rodeado de un puñado de extraños buitres carroñeros que le vaciarían entero y que yo lo vería.
  • Le han quitado las córneas- informó el joven-. Nosotros veníamos a por el páncreas, pero…
  • Está inservible- sentenció el experto-. Llama al hospital, nuestra donante tendrá que esperar.
  • Qué putada…!- exasperó mi compañero, sin poder contenerse.
  • Pues si.
  • Confirmado, el páncreas se ha anulado- aseguró el chico por teléfono-. Nosotros recogemos y nos vamos.
  • ¿Van a quitarle algo más?- pregunté.
  • Esos dos equipos de escandalosos vienen a por el hígado y el corazón- indicó haciendo referencia a la docena de personas que aguardaban a tan sólo unos metros, charlando y riendo de tonterías-. Puedes decirles que vengan, nosotros hemos terminado.
Soltó los utensilios en la bandeja de la enfermera instrumentista, se quitó los guantes, la mascarilla y la bata con violencia y salió del quirófano, de mal humor. Si a nadie le gusta perder a un paciente, menos aún perder a dos, pensé.
A continuación, como si de una coreografía ensayada se tratase, los dos equipos que aguardaban en la sala de al lado, invadieron quirófano al tiempo que el equipo previo se marchaba. Las enfermeras se daban instrucciones unas a otras, así como los auxiliares, mientras los cirujanos se vestían estériles continuando la misma conversación. Los únicos que permanecimos impasibles fuimos el anestesista, absorto mirando por la ventana, y yo, que no podía más que mirar al paciente. Pensaba que era muy guapo pese a estar así y que, seguramente, sería un chico muy simpático, con novia y todo lo demás, con una familia y una vida. Una vida que estaba a punto de llegar a su fin y, lo más terrible, que lo íbamos a provocar nosotros.
Me costaba contener las lágrimas. Revisé cada parcela de su rostro: una cicatriz allí, unas pecas allá, algunas heridas recientes; y tuve verdaderas ganas de acariciarle, de tocar sus mejillas, de intentar consolarle, de no olvidar que aquél cuerpo al que estábamos despiezando sin piedad era una persona, a punto de morir, pero todavía persona.
El “Equipo Hígado” rodeó al paciente desde el abdomen hacia abajo mientras que el “Equipo Corazón” se colocó alrededor de su tórax. Levantaron el paño estéril que cubría su pecho y la imagen que vi entonces me acompañará durante el resto de mi vida. El esternón estaba partido en dos, las costillas se veían desplazadas hacia los lados y dejaban ver en medio, una cavidad de unos diez por diez donde un enorme corazón rojo y vivo se movía, autónomo, con una increíble fuerza. El impulso, que nacía en la parte más superior, se extendía por el órgano de arriba abajo. Era más grande de cómo lo había imaginado, de cómo lo había estudiado, más grueso y más fuerte. Me impresionó tanto el hecho de que algo tan sencillo fuese la balanza entre la vida y la muerte que se me escapó una risilla tonta. Era tan hermoso, verlo latir, funcionar en su pura esencia, luchando por vencer una muerte anunciada. Durante los meses que estudiamos el sistema cardio-circulatorio, mi profesor solía hacer referencia a él como “una máquina”, “la máquina de la vida”, pero yo no pude evitar asemejarlo a una pequeña persona o a un animal. No conozco ninguna máquina que se mueva de la forma en que se movía aquello, aquello estaba vivo, era autónomo, pese a que no mucho tiempo atrás formaba equipo con los sentimientos, estados de ánimo y físico de aquél muchacho. En aquél momento estaba sólo. Aquél pequeño ser se enfrentaba en una lucha contra el tiempo, la muerte y un puñado de cirujanos con ansias de carne...