miércoles, 15 de febrero de 2017

Martina, conformarse o saltar..

Llevo tiempo desaparecida, pero sigo aquí.
Yo, que vivo bastante de puertas para fuera, no sé muchas veces cómo gestionar lo que me pasa por dentro. Y en estos últimos meses me han pasado muchas cosas.

Dicen que el tiempo lo cura todo. Yo, como enfermera, sé perfectamente que eso no es así. Pero sí es cierto que el paso de los días tiende a calmar todo en nuestro interior, lo bueno y lo malo. Y parece que estoy preparada para volver a asomarme a este pequeño balcón, para sacar lo que me pasa por dentro, para contarlo al mundo, a mi universo en miniatura de conocidos y desconocidos.

Hoy quería hablaros de un libro que me tiene algo obsesionada. A ver, quizás no es la palabra. Me gusta más decir un libro que me marcó, que parece menos de loca. Martina con vistas al mar es una novela que me removió por dentro muchas cosas, tal vez fuese por el momento en que lo leí. Recuerdo casi todas las cosas que ocurrían en la novela como si yo misma fuese la protagonista, como si las hubiese vivido. Porque esos personajes, dejadme que coja aire, Ay, Dios mío, ¡QUÉ PERSONAJES!


La historia de Martina y Pablo Ruiz Problemas no puede dejar indiferente a nadie. El verano pasado, cuando les conocí, se tornó todo mucho, mucho, mucho más rojo, caliente y pegajoso gracias a ellos. Fueron una sorpresa, sin duda, en forma de amigos que te lo cuentan todo, lo bonito y lo feo, lo delicioso y lo amargo, lo carnal y también lo sensitiva que puede llegar a ser la vida y la cocina, si te dejas llevar por lo que sientes. Y yo, que me acababa de graduar en Dirección de Cocina, os podéis imaginar cómo absorbí todo aquello...


El caso es que Martina y Pablo me acompañaron y aún no hacen desde el momento en que nos conocimos y creo que no me dejarán nunca. Me resulta inevitable buscarles paseando por las calles de Malasaña, tratar de encontrarles viendo las puestas de sol en el Templo de Debod o imaginándole a él cantándole a ella Pequeña, de Efecto Pasillo y Juan Magán, volviéndola loca por toda la cocina de El Mar.

Qué bonito que un libro provoque todas estas cosas.

Ya le estaba teniendo ganas yo a Elisabet Benavent y desde luego creo que me he metido en el universo de Beta Coqueta por la puerta grande. Además, cuando me enteré de que ella también había quedado digamos marcada por Martina y Pablo no pude más que sentirme aún más cerca de la creadora de estos pedazo de persona(JE)s. Cuando acabéis el Horizonte Martina, por favor, por favor, no dejéis de visitar su página web donde podréis ver el correo electrónico que le envió Pablo para despedirse y la contestación de la autora.

El caso es que un día de tantos, mirando el adictivo Instagram, di con una ilustración en el perfil de @betacoqueta que me hizo reflexionar muy mucho. Al parecer lo hizo alguien de lo que llaman familia coqueta y, al igual que a Elisabet, me pareció tremendamente gráfico, revelador y aplicable a prácticamente cualquier ámbito de la vida en que no estamos conformes.


Desde entonces, cada vez que me quejo de algo o veo a alguien quejarse una y otra vez sin hacer nada al respecto, vuelvo a esta imagen y busco los posibles caminos para salir de la estanca zona de confort, calentita, sí, pero que no nos lleva a ningún sitio; me intento llevar a la zona de pánico y me debato entre conformarme o saltar.

Qué es lo peor que puede pasar. ¿Fracaso? ¿No es más fracaso no intentarlo y seguir quejándose? En la vida hay que ser valientes para llegar a la zona donde ocurre la magia pues no existen hadas madrinas que lo solucionen todo mientras nosotros nos acurrucamos en el sofá.

Es difícil, diréis muchos. Pero está claro que, si fuese fácil, la meta y el éxito no serían tan dulces..

Y sí, el miedo a veces es brutal. Pero sin duda no es más que un añadido para hacerlo todo mucho más interesante...

Ahora, la pregunta que debemos hacernos es ¿conformarse o.. saltar...?


jueves, 5 de enero de 2017

El peor día de mi vida. Parte II

Como si de una película romanticona se tratase, cuando salimos de la estación un taxi estaba esperándonos con la luz verde encendida.

No quise pensar demasiado. Cuando me di cuenta llevábamos casi diez minutos de camino. A los nervios propios de la entrevista tuve que sumarles los de la mañana caótica y estresante con que había decidido deleitarme aquél día, el sudor frío que empapaba ligeramente mi camiseta bajo la chaqueta tras la infructuosa carrera y el magnético olor corporal que mi improvisado compañero de viaje emanaba. Feromonas que hacían del aire de aquél vehículo un espacio pegajoso, húmedo y caliente.

No me puedo creer que me haya hecho esto..., gruñó mientras resolvía una y otra vez un cubo de Rubik entre sus enormes manos.

Rió amargamente con la mochila rosa, de Dora la Exploradora, sobre sus rodillas.

Mi compañero de piso, de carrera y de tesis tiene un sentido del humor cojonudo. Eso y muy mal perder.

Le miré sin comprender, observando su rostro con vistazos fugaces, haciendo con ellos un puzzle en mi cabeza de aquél ser que podría haber salido perfectamente de una revista de moda o alguna serie de televisión para adolescentes.

Me llamo Alejandro.

Raquel.

El camino hasta el centro de Madrid fue un verdadero calvario. Además del consabido atasco propio de las ocho de la mañana, algo más debía haber ocurrido, un accidente quizás, porque de repente no dejaban de pasarnos atronadoras ambulancias de todo tipo, coches de policía, bomberos y guardia civil cuando nos aproximábamos al centro.


Está claro que no vamos a llegar a tiempo, murmuró dibujando con el dedo en el cristal empañado de la ventana.

Este es el peor día de mi vida...

A lo mejor te gano; cuéntame tu historia.

Con más pena que vergüenza, riéndome de mis propias torpezas, le fui contando todos los pormenores que me habían ocurrido a lo largo del día, mientras él también reía de vez en cuando y asentía con comprensión en otros momentos.

Si realmente es la oportunidad de tu vida, llegarás a tiempo y te harán la entrevista.

No voy a llegar a tiempo.

Lo que quiero decir es que puede que te cojan o no.

Vaya, gracias por tus ánimos..., reí.

Si no lo hacen no será la oportunidad de tu vida. La de verdad, la buena, vendrá más adelante, en otra ocasión. Otro día en que el despertador sonará y todo te saldrá redondo. 

Y le creí. Cómo no hacerlo con aquella sonrisa, con esos ojos brillantes y esa voz capaz de derretir los polos. Y una enorme paz me invadió, relajándome por momentos en el asiento del taxi, dejándome llevar por la suerte, el azar o lo que fuese que me hubiese llevado hasta aquél lugar, aquél extraño día, con aquél muchacho que me decía que los trenes pasan a diario, pero que no todos nos llevan a donde queremos.

El taxista bajó el volumen de su radio, nos miró a través del retrovisor y volvió a perder la mirada en el tráfico.

¿Ocurre algo?

Vamos a tener que cambiar de ruta; el centro está cortado y la M-30 está colapsada en sentido sur.

¿Qué es lo que pasa?, volví a preguntar.

¿Y en sentido norte?, preguntó mi compañero.

Sí, por ahí tenemos que ir, no queda otra.

No volvió a despegar los labios en el resto del trayecto.

Ahora me toca a mi, ya verás como mi día es aún peor que el tuyo. Me dirijo a la Complutense para hacer el último examen de mi carrera.

¿Qué estudias?

Física. Ya, ya lo sé, no me pega nada, pero me encanta. El caso es que Dario, mi compañero de piso y de carrera, es mi mejor amigo, o al menos eso pensaba yo. Entre los dos diseñamos un proyecto para el concurso nacional universitario del ciencias aplicadas y.. ganamos. Entonces empezaron los problemas.

¿Por qué?

Pues verás, lo cierto es que... para costearme la carrera, he trabajado puntualmente como modelo de publicidad. Apenas tres o cuatro campañas de moda han sido suficiente para no tener que depender de mis padres.., murmuró con cierta vergüenza.

Pero eso está muy bien, ¿cuál es el problema?

Cuando ganamos el concurso, no sé cómo, los medios de comunicación que cubrían el evento se enteraron de mis pinitos como modelo y quisieron sacarle punta al asunto, ya sabes: chico modelo y cerebrito, la típica noticia de sobremesa que gusta tanto.

Y tu amigo se molestó...

Él me dijo que no pero yo creo que sí. Al final acabaron haciendo reportajes absurdos sobre mí y apenas dijeron dos palabras sobre lo que habíamos conseguido, acerca del premio o sobre el propio Dario...

Entiendo..

Yo le dije que lo sentía, que no tenía obviamente intención de que ocurriese nada de esto... Pero se cabreó mucho y con razón. El resultado es este: me ha apagado el despertador, me ha escondido mi bolsa, donde llevo todas mis cosas que, no te rías, pero es algo así como mi talismán, no voy a ningún sitio sin ella, y me ha dejado esto en su lugar, gruñó mostrándome la mochila de niña pequeña que llevaba con resignación.

No te queda mal..., reí intentando quitarle hierro al asunto.

Él ha cogido el tren; seguro que ya ha llegado a la universidad y que va a clavar el examen, se lamentó.

¿No tienes recuperación?

Sí, claro, pero si no lo apruebo ahora perderé la beca que ganamos con el premio del concurso de ciencias: un año de investigación a gastos pagados en una universidad americana...

Joder...

Creo que tengo derecho a decir que este es el peor día de mi vida y que es peor que el tuyo...

No quise rebatirle. En realidad le hubiese dado la razón aunque me hubiese jurado que la tierra es plana.

Siguiendo tu propio consejo, si pierdes este tren, llegará otro para ti, el bueno, más adelante.

Disculpa, Raquel, pero te he dado un consejo de mierda... 

Reímos los dos, sin mucho más que hacer, impotentes en aquél taxi que se movía a cámara lenta, compartiendo mala suerte y lamentándonos del peor día de nuestras vidas.

Cerca de las diez de la mañana, casi una hora tarde, llegamos al edificio donde tenía lugar la entrevista. Hicimos un rápido cálculo y le di una parte del dinero de lo que marcaba el taxímetro mientras nos despedíamos.

Que tengas suerte.

Lo mismo te digo, falta nos hace a los dos. Aunque no dejo de pensar que, si este es el peor día de mi vida, en el fondo no está tan mal.

¿Ah, no? ¿Y eso?

Este viaje lo ha mejorado un poco, bastante, en realidad. A lo mejor no es el peor, después de todo...

Yo pienso igual; ha ido mejorando por momentos..., murmuró con una sonrisa que me hizo temblar las piernas. Con un poco de suerte, puede que hasta le perdone la vida a Dario...

¿En serio?

De no ser por él no habría perdido el tren. 

Rebuscó en la pequeña mochila hasta dar con un rotulador indeleble. Con él apuntó su número de teléfono en la cara blanca del cubo de Rubik. Lo colocó entre mis manos y las cerró en torno al juguete con las suyas.

¿Qué vas a hacer sin esto?, le pregunté.

Tengo más, sonrió con calidez justo antes de volver a meterse en el taxi.

Se marcharon entre el bullicioso tráfico y yo eché a correr con el corazón a mil por hora, con una gran sonrisa que no conseguí borrar de mi cara ni cuando Laura, la chica de recursos humanos, se sorprendió de verme a esas horas.

Creía que ya no ibas a venir, la verdad, murmuró con seriedad. ¿Y ese cubo de Rubik?

Te pido disculpas, he tenido una mañana horrible. Hasta hace dos minutos creía que este era el peor día de mi vida pero...

Sí, lo sé, Madrid está colapsada.¿Cómo has llegado? Creí que me dijiste que vendrías en tren..

Lo he perdido y he cogido un taxi.

¿Has perdido el tren?, preguntó alarmada.

Sí.

¿Qué tren?

El de Guadalajara, la línea C2. Lo he perdido delante de las narices, además, el conductor no ha querido abrirme las puertas, reí entonces, recordando mi suerte

¡Oh, Dios mío, Raquel!

No pasa nada. La verdad es que lo que ha ocurrido después ha sido...

¡Te has salvado de milagro, te das cuenta!, exclamó con cara de terror.

¿Cómo?

¡El atentado! ¿Es que no te has enterado?

Mi cara de perplejidad contrastaba con el terror que se reflejaba en su rostro.

¿De qué estás hablando?

Me cogió de la mano y me guió hasta una sala donde un puñado de empleados contemplaban la televisión, entre compungidos y aterrados. El especial informativo mostraba cómo habían quedado los vagones de algunos de los trenes, destrozados, calcinados, y cómo decenas de voluntarios y trabajadores de los servicios de emergencias evacuaban a heridos de todas clases, alejándoles de aquél horror del que por un guiño del destino me libré en el que creía había sido el peor día de mi vida.

Veinte minutos más tarde salí de allí sin haber hecho la entrevista, dadas las circunstancias, pero con cita para llevarla a cabo otro día. Estaba como flotando, las piernas caminaban despacio casi por inercia, sin saber a dónde iban. El aire fresco de aquella mañana gris me arañaba la piel de la cara, resecando mis labios y atrayendo lágrimas a mis ojos, que lloraban sin saber muy bien por qué lo hacían.

Me senté en un banco de madera, justo al lado de donde me había apeado del taxi. Durante unos minutos vi pasar a la gente, sin ver. Sentada allí me pregunté por primera vez lo que vino a mi cabeza miles de veces.

Me había salvado.

La vida me daba una segunda oportunidad.

Pero, ¿por qué?

Mi destino era entrar en ese tren. De haberlo hecho...

Entre mis manos apretaba con fuerza el cubo de Rubik que Alejandro me había dado. Su número reposaba con tinta negra en una de las caras y pensé en él, en si se habría enterado ya y en si se sentiría igual de afortunadoegoístaaliviadoconfusoymal que yo.

Como si aquél juguete tuviese poderes mágicos, un taxi frenó de golpe frente a mi. De su interior apareció el dueño del cubo y objeto de mis pensamientos. Alejandro, con la cara algo desencajada, me vio en seguida, corrió hacia mi, se arrodilló y me abrazó con todo su cuerpo.


La vida empezaba de nuevo.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

La gallina (de los huevos)

Hoy estoy en el hospital.
El hospital 12 de Octubre de Madrid es uno de los mejores; entre sus profesionales se encuentran manos que obran cada día poco menos que milagros, cosas increíbles de las que la mayoría no nos enteramos.

Mientras intervienen a mi abuela me ha dado por pensar en qué se puede hacer en un hospital si no estás enfermo.

Y lo primero en lo que he pensado es en donar. Normalmente donó sangre pero hoy he pasado por el Banco de sangre con otra intención.

Tras leer un par de folios y firmar un par de papeles, me han sacado dos tubitos de sangre. Con este pequeño pinchazo he entrado a formar parte del registro de donantes de médula.


A partir de ahora, analizarán mi sangre y buscarán entre los miles de pacientes que esperan donante. Si soy compatible con alguno de ellos, volverán a sacarme sangre. Tal vez sea suficiente con eso. Si fuese necesario, me someterían a una pequeña intervención para extraer me médula ósea. De cualquier forma, si por el motivo que sea decido no exponerme a ello finalmente, podré echarme atrás.

Donando médula no gano nada, tampoco me supone ningún gasto y el trastorno, por ahora, es mínimo.

Para los que estéis interesados en hacer lo mismo que yo podéis informaros aquí.

Debo reconocer que antes de pasar por el Banco de sangre he hecho un viaje al pasado. He cruzado al edificio de maternidad y he bajado por las escaleras del tiempo hasta el pasillo de consultas externas pediátricas.

Por el camino hacia mi destino final me he cruzado con muchas y muy duras historias en forma de niños pequeños, enfermos, sonrisas inocentes más grandes que las sillas y aparatos que las sostienen, gigantes y fuertes luchadores de las manos de padres que no podrían dar más aunque quisieran.

Y he llegado a mi sala de espera y allí estaba ella.


La gallina (de los huevos) seguía allí, mirándome de soslayo como cuando hace años me tocaba esperar y esperar a que me tocase entrar a aquél tormento.

La gallina era la antesala donde se manifestaban todos los miedos y donde todo lo que no hablábamos se materializaba de manera muy real.

Ahora la consulta que contiene ya no es la mía. Pero la gallina (de los huevos), a la que seguramente alguien puso ahí hace décadas para hacer aquél rincón más alegre, me ha hecho un guiño desde el pasado trayéndome recuerdos amargos que no quiero olvidar, que me recuerdan que ya soy mayor, fuerte y dura y que algunos miedos no se terminan de marchar del todo, a pesar de que le pongamos gallinas en la puerta.

Cuando he salido de allí, cuando todas esas caritas se han quedado atrás, las preocupaciones y miedos de esos padres han venido conmigo.

Y me he sentido orgullosa de ser enfermera y de poder ayudar a la gente en la medida de lo posible. Y pensando en cómo poder ayudar algo más he acabado en el banco de sangre. El resto ya lo sabéis.

Animaos a ayudar un poquito vosotros también. Tal vez el día de mañana seamos nosotros quiénes necesitemos ayuda.

viernes, 2 de diciembre de 2016

El peor día de mi vida.

Era jueves.

Aquella mañana tenía una entrevista para el trabajo de mis sueños, por fin, publicidad.

Y no fue fácil. Antes de aquella, tuve varias entrevistas grupales en las que, aun no se cómo, se fijaron en mi. Laura, la chica de recursos humanos de aquella gran empresa, me dijo que prácticamente estaba dentro, que aquella última entrevista que me quedaba era solo un trámite para justificar mi contratación.

Dos meses de prueba, después indefinida. Catorce pagas de 1450 euros brutos y un mes de vacaciones al año. ¿Dónde había que firmar?

El despertador no sonó.

Podría decir que sonó y lo apagué pero no fue así. Apenas pegué ojo aquella noche; estaba tan nerviosa que no conseguía conciliar el sueño a pesar de haberme acostado a las once. Cerca de la una me levanté de la cama y revisé mi bolso para asegurarme que lo llevaba todo. Después volví a mirar el conjunto que había preparado para la ocasión: falta negra ajustada hasta la rodilla, blusa blanca de gasa, un chaleco negro entallado y unos botines del mismo color.

Había hecho consenso con mis mejores amigas para que me aconsejasen a este respecto pues lo único que yo sabía de moda era su publicidad, que la tenía bien estudiada.

Y cerca de las dos de la mañana me entraron dudas. Rebusqué en mi armario hasta dar con unos vaqueros nuevos, de marca, desorbitadamente caros para mi sueldo de entonces. Luego apareció una camiseta del grupo Dorian que mi ex había dejado olvidada hacía ya tres meses. Y, escondida al fondo del todo, una americana roja que compré en el rastro hace años empezó a hacerme señas. Era tipo maestro de circo, con botones y filigranas doradas y en realidad nunca supe por qué me encapriché de ella pero aquella madrugada entendí que era su momento.

No podía pasar desapercibida. Tenía que demostrar quién era yo, cuál era mi auténtica personalidad y que les gustase o se acabase todo. No quería empezar otra relación más fingiendo lo que no era. Aquella debía durar muchos años y para eso había que hacer las cosas bien desde el principio.

Me desperté sobresaltada cuando pasaban unos minutos de las siete de la mañana.

No, no, no.... ¡No podía ser!

Había planeado levantarme a las seis, darme una ducha, desayunar, secarme el pelo y maquillarme sin prisa. Me vestiría y saldría de casa a las siete para coger el tren de las siete y veinte.

Tarde.

Me vestí tan rápido como pude, metí maquillaje a diestro y siniestro en el neceser de viaje que rondaba por el baño con la esperanza de poder maquillarme de camino. Entonces me miré al espejo y vi mi pelo.

¡PERO QUÉ COÑO LE HABÍA PASADO!

No me lo podía creer: anoche estaba normal... ¿Por qué, Dios mío, por qué aquella mañana había tenido que empezar así?

Me lo recogí todo en una coleta y traté de hacerme un moño rápido y desenfadado. Elegante pero informal.

Me calcé mis tacones rojos, a juego con la americana, y salí de casa pegando un portazo, con la esperanza de que el día se encarrilase de nuevo y que todo aquello no fuese más que una anécdota graciosa que contar cuando me hiciesen jefa de publicidad dentro de cinco años.

Corrí como en mi vida camino de la estación. Los zapatos me estaban matando, a pesar de ser mis favoritos y de llevar horas y horas de caminata en los tacones, pero, ¿de qué me sorprendía? ¿Me saldría algo bien aquél dichoso día?

Llegué al andén a tiempo de ver cómo se cerraban las puertas del tren. Pulsé el botón de apertura de puertas compulsivamente y miré hacia el primer vagón suplicante.

Las puertas no se abrieron.

Justo antes de que partiriera, con una mano aún pulsando el botón y la otra apollada en el cristal, una niña de unos diez años posó la suya frente a la mía al otro lado. Me sonrió mientras el que parecía su hermano pequeño hacia burla sacándome la lengua.

Me quedé sola en mitad del andén observando cómo mi puntualidad se marchaba sin mi.


Tuve ganas de llorar. Hasta ese momento reconozco que intenté controlarlas pues tenía la esperanza de coger el tren y liberar una rabieta solo me retrasaría. Pero ya daba igual, no iba a llegar a la entrevista a tiempo así que... ¿Qué importaba?

Me senté cojeando en uno de los bancos del andén, con los pies doloridos, tratando de recuperar poco a poco el ritmo normal de la respiración, intentando calmarme y mantener la cabeza fría. Aún podría llegar a tiempo si conseguía controlar el pánico y mis ganas de llorar y encontraba una solución.

Pero en mi cabeza sólo podía pensar que había desaprovechado mi gran oportunidad, que había malgastado mi único día de asuntos propios en la explotadora empresa multinacional que parecía ser dueño de mi tiempo, alma e ilusión para la que trabajaba entonces y que debía haberme puesto el conjunto que mis amigas me habían recomendado. Así, por ese orden.

Entonces apareció un chico corriendo igual que lo había hecho yo apenas un minuto antes. Miró a su alrededor, vio el andén vacío y se dobló para intentar retomar el aliento.

Cuando se incorporó, aún con la cara desencajada por el esfuerzo, miró el panel que se empeñaba en martirizarme en el que se anunciaba el siguiente tren veinte minutos después. Y luego me vio sentada en el banco y en vez de echarse a llorar, como predije que podría reaccionar, rompió a reír como un loco.

¿También has perdido el tren?

Asentí algo perpleja y, por qué no decirlo, intimidada. No esperaba que se pusiese a hablar conmigo. Entre eso y que, ya siendo del todo sincera, estaba muy, MUY bien, me corté y no pude articular palabra.

Voy a perder mi último examen...

Se lamentó.

Parecía de mi misma edad. Era alto, cerca del metro noventa, calculaba. Tenía el pelo castaño y los ojos color miel. Vestía unos chinos color caqui y una camisa vaquera. En sus grandes manos llevaba una chupa de cuero tipo aviador y una mochila rosa con pegatinas.

Pero sin duda lo que no me dejaba apartar la vista de él era su sonrisa. Aquella sonrisa era la causa del calentamiento global y no el efecto invernadero.

¿A dónde vas?

Tardé un momento en poder contestar.

A una entrevista de trabajo.

Ya, pero, ¿a dónde?

Cuatro Caminos.

Yo a Ciudad Universitaria, está cerca. ¿Quieres compartir un taxi?



CONTINUARÁ.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Dulces maldades chocolateadas

Llevaba varias semanas con la idea rondando por la cabeza. A cada momento me encontraba a mi misma intentando dar con la combinación perfecta.
Sin embargo, cuando parecía que lo tenía, otras dulces maldades aparecían de repente dejándome todavía más confusa...

Aunque el concepto lo tenía claro.

Plátano.

Canela.

Chocolate.

Lo demás vino después.

Lo que no tenía del todo claro era el formato y la elaboración.
Pensé muchas maneras distintas para llevar a cabo esta tarta, chocolateada y plataneada que me traía de cabeza.

¿Crema pastelera con puré de plátano?

¿Mousse de chocolate?

¿Bizcochos emborrachados en Pedro Ximénez?

Me debatí entre decenas de posibilidades hasta que me decidí a ponerme manos a la obra.

Y salió esto...




Tarta de Chocolate, Plátano y Caramelo Salado (10 raciones)

- 300 g Bizcocho de Soletilla
- 400 ml Leche
- 3 Cdas. Brandy
- 1 Rama de Canela
- 3 Plátanos medianos
- 2 Cdas. Mantequilla
- 3 Cdas. Azúcar Moreno
- 75 ml Brandy
- 1/2 Cdta. Canela en polvo
- 250 g Chocolate para fundir
- 150 g Mantequilla
- 2 Huevos
- 150 g Azúcar Glas


- Pelamos los plátanos y los cortamos en rodajas.

- En una sartén derretimos las dos cucharadas de mantequilla y añadimos los plátanos, el azúcar moreno y la canela.


- Removemos durante un par de minutos y añadimos el Brandy. Prendemos fuego y dejamos que reduzca hasta quedar casi seco.


- Calentamos la leche en un cazo infusionándola con la canela en rama y con las tres cucharadas de Brandy. Cuando humee, retiramos del fuego y reservamos.


- Por otro lado, derretimos la mantequilla y añadimos el azúcar glas; removemos con unas varillas hasta conseguir una mezcla homogénea.


- Fundimos el chocolate al baño maría y lo añadimos a la mezcla de mantequilla y azúcar. Removemos bien hasta que se integre todo.


- Entonces añadimos las yemas de huevo y volvemos a batir.


- Montamos las claras de huevo y lo añadimos también, esta vez con una lengua y movimientos envolventes, hasta que esté bien integrado.


- Es el momento de montar la tarta. Yo usé un molde desmontable de 20 cm de ancho que engrasé con un poco de mantequilla.

- Sumergimos los bizcochos en la leche infusionada apenas unos segundos por cada lado. Dejamos escurrir el sobrante y los colocamos en el molde haciendo la primera capa.



- Añadimos la mitad del chocolate repartiéndola bien con una lengua.


- Ponemos otra capa de bizcochos de la misma forma y añadimos el plátano.


- Acabamos con la última capa de bizcochos y el chocolate sobrante. Refrigeramos.


- Podemos dejarla así o terminarla a lo grande: ponemos en un cazo 240g de Azúcar blanca y 120 ml de Agua.


- Lo dejamos a fuego medio-bajo durante 20-25 minutos, sin remover, hasta que se vuelva color caramelo.


- Entonces añadimos 90g de Mantequilla removiendo rápido con unas varillas y después 180ml de Nata para montar.


- Cuando lo hayamos integrado del todo, añadimos media cucharadita de sal y removemos un poco más. Dejamos enfriar un poco y vertemos sobre nuestra tarta.


El resultado es una bomba hipercalórica, con la maravillosa combinación de la canela y el plátano, superchocolateada y con el caramelo salado como guinda...


¡No apta para diabéticos ni para gente a dieta!


¡Qué ganas tenía de preparar chocolate salado! Es como comerse un caramelo Werther's Original... ¡Parar morir de amor!


Y ahora que he compartido semejante maldad con vosotros, me despido hasta la semana que viene.


Si me odiáis por haceros la boca agua, ya sabéis, ¡a la cocina!


¡Besos dulces, chocolateados y con caramelo salado!

Boira

viernes, 18 de noviembre de 2016

When Boira met Fer

Cuando conocí a Fer, hace ya cuatro años, no pensé que acabaría siendo tan importante en mi vida. Aquél chico tímido, de pestañas interminables, como diría Luis, de Yepes, Toledo, resultó ser una caja de sorpresas. Con el tiempo acabó haciéndose hueco en nuestras vidas como si siempre hubiese estado ahí. Gracias, Luis, por hacerlo posible.

Si el aludido o allegados quieren contar en qué circunstancias y con qué atuendos nos conocimos es libre de hacerlo dejando un comentario en esta misma entrada...

Después se hizo vegano y para mi empezó una nueva e interesante responsabilidad cada vez que venía a casa. Yo nunca había cocinado para un vegano y el reto me entusiasmó. Además, cada cosa que le preparaba parecía encantarle por lo que era un auténtico placer el reinventarme buscando recetas veganas, nuevas formas de cocinar y aprendiendo a utilizar nuevos ingredientes.

No conoceréis perrita más linda que Ganglia

Él mismo, que está haciendo un gran esfuerzo por cuidarse, practicando ejercicio y comiendo de manera envidiable es el primero que me aconseja y me cuenta sus recetas. Y por supuesto, cada vez que preparo algo nuevo procuro consultarle y darle a probar para conocer su opinión. Un ejemplo es el plato que os propongo hoy.


Este curry de verduras es un guiso perfecto para tomar calentito en estos días de frío. Para la comida o la cena, es sanísimo y muy interesante nutricionalmente hablando. Fer me confesó que acabó mojando pan hasta acabar con la salsa. No en vano, la leche de coco le da un punto tremendo pero si queréis hacerlo más ligero todavía podéis sustituirla por caldo de verduras.

Ganglia tiene instagram propio: @gangliagram



Curry de Verduras Vegano (2 pax)

- 1 Cebolla
- 1 Zanahora grande o 2 pequeñas
- 1 Brócoli
- 1 Boniato
- 100 g Judías Verdes
- 1 Diente de Ajo
- 1 Cdta. Curry en polvo
- 1/4 Cdta. Pimentón dulce
- 1 Lata Leche de Coco
- AOV


- Cortamos la cebolla en tiras y la pochamos a fuego lento con un poco de aceite de oliva.


- Mientras tanto lavamos las verduras; pelamos las zanahorias y el boniato y los cortamos junto a las judías verdes en trozos del mismo tamaño. Cortamos el brócoli en porciones pequeñas.



- Cuando la cebolla esté tierna, añadimos media cucharadita de curry para que se tueste un poco.


- Después añadimos el ajo picado muy fino y el pimentón, rehogamos un poco y ponemos las verduras.



- Las dejamos unos minutos removiendo y vertemos la leche de coco que habremos removido previamente y un poco de agua para que las verduras estén cubiertas casi por completo.


- Dejamos cocer durante 20 minutos a fuego lento; cuando las verduras estén al dente y la salsa haya reducido probamos de sabor y añadimos más curry al gusto: yo añadí otra media cucharadita.


Y ya tenemos listo nuestro guiso de verduras al curry. Lo podemos tomar solo o acompañar de arroz basmati o integral.


Es perfecto para llevarlo a la oficina o para tomar en casa y entrar en calor.


¡Disfrutad del fin de semana, nos vemos pronto con más recetas!


¡Besos dulces!

Boira

viernes, 11 de noviembre de 2016

Patrimonio Familiar

Tenemos demasiadas cosas.
Las casas, las habitaciones, las estanterías, los armarios. Todo está a rebosar y prácticamente el noventa por ciento de esos chismes no son de uso diario. ¿Cuántas veces al año usamos el costurero, los patines, la heladera, las acuarelas o la máquina de coser?
Estoy segura de que no es sólo en mi casa. Si lo pensáis bien, cada año acumulamos, por pena o por el pequeño síndrome de diógenes en potencia que todos llevamos dentro, cantidad de cosas innecesarias.

Yo personalmente me di cuenta cuando me fui a Nerja. Allí me planté con una maleta llena de ropa, una mochila, un par de libros y un portátil. Y no necesitaba nada más. Durante dos meses viví sin necesitar la cantidad de cosas que me esperaban en casa y que ahora, cinco meses después, sigo sin haber utilizado ni una vez.

Por eso, si pienso en la herencia que algún día dejaré a mis descendientes o en la que en algún momento pueda llegar a recibir, no me gustaría nada material. La receta que hoy os traigo es un bien heredado que nos llegó de forma transversal. Cuando yo nací mis padres vivían puerta con puerta con otra familia que llegó a ser una extensión de la nuestra.

La matriarca, Mercedes, era otra abuela para mi. Ella me dio a probar por primera vez los canelones convirtiéndolos en uno de mis platos favoritos. Aunque sin duda lo que mejor recuerdo de aquellos años es el olor de aquella casa. No olía a nada especial pero está grabado a fuego en mi memoria, el olor de Villa Rodrigo era el olor del hogar.

El caso es que hace unos años mi madre le pidió a Mercedes su famosa receta de las rosquillas de anís. Ella le dijo que fuese a su casa y que ella misma le enseñaría a hacerlas. Su marido, Manuel, le escribió la receta a mano con una letra de maestro de los de antiguamente y entre las dos prepararon una gran cantidad de deliciosas rosquillas.

Hoy la receta es nuestra y desde aquí la comparto con vosotros en lo que es ya parte de mi patrimonio familiar.



Rosquillas Mercedes (30 uds)

- 1.5 L Aceite de Oliva
- 1 Naranja
- 1 Limón
- 3 Huevos
- 1 Taza Azúcar
- 1 Taza Anís
- 1 Taza de Leche
- 1 Sobre Levadura en Polvo
- 1 Kg Harina de repostería
- Pizca de Sal
- 2 Cdtas. Canela en polvo


- Pelamos el limón y la naranja con cuidado de no llevarnos la parte blanca.

- Ponemos el aceite a calentar con las pieles.

- Cuando humee, lo retiramos del fuego y dejamos enfriar.


- En un bol grande, ponemos los huevos y los batimos junto con el azúcar.


- Después añadimos el anís y la leche sin dejar de batir.


- Del aceite que habíamos calentado sacamos una taza y lo echamos también.


- Añadimos la levadura y la harina tamizadas en tandas, poco a poco, según lo vayamos integrando en la masa. Echamos también una pizca de sal y removemos primero con unas varillas y después con una cuchara de madera. Nos quedará una masa pegajosa y elástica.


- Ponemos de nuevo el aceite a calentar, retirando primero las pieles y reservando media taza por otro lado.


- Para formar las rosquillas, nos mojamos las manos en el aceite que hemos reservado y cogemos una bola de masa del tamaño de una pelota de ping-pong.
Le damos forma y con el dedo hacemos un agujero en el medio.



- Cuando el aceite esté bien caliente las vamos echando dejando que se doren un par de minutos por cada lado.


- Una vez fritas las sacamos a una bandeja con papel absorbente y nada más escurrirlas las pasamos a un plato con azúcar y canela en el que las rebozaremos bien por los dos lados.


¡Y ya tenemos listas nuestras deliciosas rosquillas de anís!


Salen un montón y son muy entretenidas de hacer, ¡merece la pena!


Lo mejor es trabajar en cadena, hacerlas en familia, en fin de semana, en el acogedor calorcito de la cocina. Desde luego el buen rato te lo llevas y la merienda también.

Mi madre, mi abuela y yo, haciendo rosquillas

Además aguantan unos días perfectamente en un recipiente bien cerrado aunque seguramente no os duren tanto...


Espero que os animéis a prepararlas y que esta receta llegue a formar parte de vuestro patrimonio familiar.


¡Nos vemos pronto!

Besos dulces,

Boira